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sábado, 6 de diciembre de 2014

2 METROS DE CALZONAZOS

Por Pedro Conde Soladana para elmunicipio.es
O ¿se trata de otro individuo que ha dejado de creer en lo que debe y a lo que está obligado por las responsabilidades asumidas? Si así fuere, ¿por qué no coge con nocturnidad y precaución el camino hacia el puerto de Cartagena y sale huyendo de España como el bisabuelo en aquella noche, telón oscuro del primer amanecer de la II República?
Si la noticia es cierta, y parece serlo ya que hasta el momento no tengo información de que haya sido desmentida, es ineludible comentar el asunto por tener, a mi juicio, una transcendencia más allá de la anécdota.
La tal noticia tiene dos caras: una guapa y otra fea. La bonita es que la bandera de España ondeará día y noche en el palacio de la Zarzuela. Cómo admiro a Francia en esto; qué pedazo de banderas por todo el territorio galo. La otra la faz de la noticia, la de la mal encarada, es la de la supresión de una ceremonia, escenificación de un hecho sustancial, que forma parte intrínseca de un estamento, columna vertebral de la existencia de la nación, el Ejército de España. Izar y arriar la bandera nacional en los cuarteles es mucho más que el reflejo de una costumbre, es el rito militar de mostrar al mundo que los soldados de esta Patria, como los de cualquier otra, se levantan todos los días al toque disciplinado de la corneta para renovar su juramento de defenderla si es preciso con la propia sangre. Arriarla al atardecer es recordar a los caídos por ella y decirles en oración que ni un solo día olvidaremos su sacrificio.  Y ¿desde dónde mejor recordar a su vez a todos los españoles que sus Fuerzas Armadas están en permanente acto de servicio, ese “Todo por la Patria”, que desde la Casa que habita su Capitán General?
Que no soy monárquico no voy a declararlo como novedad porque no lo es. Al poco tiempo de tener uso de razón, aunque sea una hipérbole, y darme posterior cancha en las páginas de los periódicos, comencé a decirlo publicamente sin recato ni rebozo. Es decir, plenamente convencido, hasta el extremo de haberlo convertido ya en un principio de mis creencias políticas. No voy a extenderme en el por qué como respuesta a posibles preguntas de alguno de mis lectores que lo ignore porque ya lo he explicado más de una vez. Tampoco me extenderé en dar detalle de ese porqué. Sólo daré uno que tiene que ver con la cronología de la Historia de España: dejé de ser monárquico después de morirse Felipe II, mi paisano. La interpretación sobre esta mi postura la dejo al criterio de quienes les gusta la Historia, la estudian o la leen al menos. Seguro que encontrarán razones, aunque alguno no las comparta. A mí  creo que me han sobrado para que se respete mi tacha a la monarquía y a estas alturas del siglo XXI. De aquellos que ni estudian, ni siquiera leen, y no digo ya si expresamente confiesan que no les gusta la Historia, no diré nada por deferencia, por no decir por compasión a su demediada cultura. No conocerla es como ignorar la cronología de la  propia vida desde el día del propio nacimiento. La historia de un verdadero ciudadano es la cronología menor pero inseparable de la Historia de la nación a la que pertenece. Y así se nos debería enseñar desde la escuela y en la familia.
Soy republicano desde la entraña intelectual. Ahora bien, no todos los republicanos somos lo mismo ni todo el republicanismo tiene el mismo origen ni la misma esencia. Existe un tipo de republicano y de republicanismo, quizá el más común y abundante, cuyas razones son distintas a las mías por lo que no le reconoceré como conmilitón de mis ideas. Y para que se oriente y no se confunda conmigo le afirmaré rotundamente que yo nunca seré republicano del tipo de aquella desastrosa  II República española; sí, la que duró del 14 de abril de 1931 al 1 de abril de 1939. En definitiva, y poniendo colores a las banderas, nunca seré un republicano de color rojo. Mi República es de color azul como el del cielo en un amanecer de la primavera. Mi democracia comienza en el pequeño municipio, con elección en concejo abierto del reconocido como mejor y más competente ciudadano del mismo y se culmina en la Jefatura del Estado, ocupada por el mejor y más competente ciudadano de la nación cuyo origen puede ser la cuna del más modesto trabajador de la nación.
Llegado aquí, pido perdón al lector, a los lectores, por tan largo preámbulo, tan extenso prólogo, tan detallado exordio, tan personal prefacio que parece un digresión o salida por la tangente para no abordar el tema anunciado en el título: DOS METROS DE CALZONAZOS.
Espero que ninguno de mis presuntos lectores tome cuanto voy a decir como una irreverencia o una falta de respeto. Siempre me dije que nadie que se la haya perdido a sí mismo puede exigírselo a los demás. La mayoría de los titulares de la Corona Española de los últimos siglos hace tiempo que ofendieron a ésta en su honor y orgullo con sus indignas conductas, más a la altura de unos caballerizos, con perdón de éstos, que a la de unos reyes. Si aquel Felipe II levantara la cabeza, no le hubiera hecho falta esperar al invento de la guillotina para hacer justicia a estos inadecuados e indecorosos sucesores.
Se dice que la monarquía es forma, aura, ceremonia, boato, aparatosidad casi sacral… Se llega a decir que hasta magia, ¿será esto último por el arte del similitruqi con el que suelen emplearse alguno de estos coronados? Pues izar y arriar la bandera de España todos los días es mucho más que eso. Tal acto trasciende a cualquier forma de Estado, monarquía o república, porque la bandera es el símbolo visible de la nación y su soberanía. ¿Quién es un rey o un presidente de la república, que no sea cualquiera de ellos un felón, para suprimir por caprichosa voluntad un acto que forma parte de la esencia y existir de esa nación?
Y no digamos ya si los rumores que acompañan a la noticia son ciertos; si son el capricho y las molestias que le causan a la consorte morganática lo sonidos agudos de la corneta mañanera y vespertina el motivo de la supresión de una tradición, de un acto de disciplina y servicio de la fuerza militar que integra la Guardia Real y que es el mismo que obliga a las Fuerzas Armadas de la nación de la que aquélla es parte.
Pues si no le gusta, que le pongan en vez de la florida y vistosa Guardia Real guardianes de seguridad privada de austeros y pardos uniformes cortados en serie. Claro que ya tendríamos otro gasto añadido a costa del bolsillo de todos los ciudadanos. Mejor que siga la Guardia Real con todos sus efectos y reglamentos militares. Nada más y nada menos que 1.500 soldados de los tres Ejércitos, hombres y mujeres, guardando la seguridad de la que un día será su Capitana General, la Princesa de Asturias, esa guapa niña llamada Leonor. “No lo estropees, mamaíta”.
De ser así, valga lo dicho: DOS METROS DE CALZONAZOS. 
            Pedro Conde Soladana

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lunes, 1 de diciembre de 2014

¿Que queda de José Antonio?

Por Fernando Valbuena, HOY. -Badajoz-

Madrid me agota. De joven viví un tiempo en la calle de Alcalá y me acostumbré a los nardos en la solapa y a las floristas que vienen y van pero ahora todo se me antoja descabellado. Madrid… y sus ruidos. Ruidos como sorderas. En cambio en la Hospedería del Valle me oigo pensar. Oigo mi respiración, me oigo las narices, y por detrás de ellas, un zumbidito que bien pudieran ser los pocos pensamientos que me acompañan. Son las once y cuarto de la noche. Estoy sin cobertura y sin gafas de escribir, metáfora burlona de mi mismo. Aislado y ciego. Pero me oigo. Y desde mi ventana veo como la cruz se recorta descomunal sobre el firmamento. Aquí la noche se ve,… y se oye.

¿Qué queda de José Antonio Primo de Rivera? ¿Qué es lo que queda de fecundo en su doctrina? Queda en primer lugar España como concepto irrevocable no sujeto al dictado de las urnas. España de los vivos y de los muertos, la que nos entregaron y la que hemos de entregar. Amor amargo emparentado con el 98. En segundo lugar, queda la creencia fiera en el hombre como criatura de Dios, portador de valores eternos, y por ello, pleno de libertades inalienables. Es el triunfo en política de lo espiritual sobre lo material. En tercer lugar, la innovación de la justicia social, la defensa de una economía donde la propiedad está radicalmente al servicio de los desfavorecidos. Y en cuarto lugar, queda una mística del servicio y de la intemperie, eso que los joseantonianos llaman el estilo, la vida entendida como milicia, que lleva a preguntar siempre y primero por las obligaciones y muy raramente por los derechos.

En esta celda el único lujo es un crucifijo. Ni televisión, ni radio, ni cobertura. Todo aquí es espartano. Tengo frío y sed. Sigo aislado y ciego. Sigo escribiendo.

Y la democracia, razón última de la ciencia política. José Antonio quería más democracia. No una democracia formal secuestrada por los partidos políticos. Pero José Antonio murió a los 33 años y su doctrina quedó inconclusa. Por eso, y porque su tiempo no es el nuestro, a José Antonio no se le puede leer con pretensión de imitación. Más bien se le debe leer con cierta voluntad de adivinación. Sólo así seguirá siendo fértil.

He puesto las cinco rosas en agua. Este año las traigo blancas. No hay nadie por los pasillos. Cruje la madera. Colgado de su muro, un monje me mira. Estoy sólo, estoy ciego y tengo miedo. Porque sigue siendo noche.

Queda también, lamentablemente, el artificio y la costra. Quedan los energúmenos y los cafres. Queda, por supuesto la saña y la antipatía, y su pariente, el rencor. Pero queda también su ejemplo. José Antonio, el hombre que es capaz de abrazar a quien le acaba de condenar a muerte, el arquetipo, el vértice encendido de varias generaciones de españoles que bebieron de su pensamiento en los campamentos de juventudes, y creyeron, sin peajes de odio, que una España mejor era posible. Para todos. Y quedan las Completas. Esas que algún día, algún muchacho encontrará en algún anaquel donde los inquisidores no hayan buscado. Un muchacho que, como Rosa Chacel, pueda decir tras leerlas,… ¡Deslumbrante!


Y quedan los despojos. Cenizas, bajo la cruz o a la intemperie, cenizas enamoradas. La paz triste de los cementerios. La paz alegre de la Resurrección que esperan los que aquí yacen. Señor, no nos niegues la esperanza. Ya ha salido el sol,… Aquí te dejo mis cinco rosas. Este año son blancas. Hazte a la idea que te las trajo ella. “Je pense a toi”. Love. Elisabeth”.
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miércoles, 12 de noviembre de 2014

ENFOQUES DEL PATRIOTISMO ESPAÑOL

Por Manuel Parra Celaya para elmunicipio.es
(REFLEXIONES PERSONALES DE UN 9 DE NOVIEMBRE)
La situación de gravedad y de riesgo que se vive en Cataluña no es exclusiva de nuestra región, sino que, con más o menos virulencia, se percibe en otras Comunidades españolas; el común denominador es la carencia de patriotismo unitario e integrador, parte esencial del llamado problema de España.
En otros artículos he analizado esta carencia en sus causas y en sus efectos, por lo que este análisis no va a ser el objeto de estas líneas. Pero, precisamente por la circunstancia extrema de estos momentos, hay que señalar con esperanza la casi reciente eclosión de entidades, grupos y movimientos cívicos, al margen de los partidos al uso y, por supuesto, de las instancias del Estado español casi inexistente, que han tomado conciencia de esta ausencia de patriotismo y están surgiendo a la luz pública. Esta aparición ha servido para romper, por una parte, el monopolio del nacionalismo disgregador, cuya voz era prácticamente la única que se dejaba oír creando así la falsa impresión de unanimidad, y, por la otra, ha servido de aldabonazo en algunas conciencias adormiladas.
Por supuesto que, en este incipiente renacer del patriotismo, no pretendo incluir ni a lospatrioterismos folclóricos ni a un supuesto y antihistórico nacionalismo español, que solo enfrenta sentimientos a sentimientos y nace de la misma raíz que los nacionalismos disgregadores. Entiendo, una vez más, que patriotismo es la identificación, consciente o implícita, con un proyecto histórico llamado España, y no las alegrías de un partido de fútbol o la emoción de un pasodoble.
Esta identificación no responde, como es lógico, a idénticas coordenadas ideológicas en todos los que la defienden, contra viento y marea, en la actualidad; es conveniente matizar las variables y las posibles coincidencias con que se enfoca en nuestros días el patriotismo español, sin carácter despectivo ni excluyente en ningún caso, del mismo modo que el concepto de España no puede ser privativo de ideología o Régimen alguno sino común a todos los que se sienten españoles. 
Me permito examinar, pues, algunos enfoques ideológicos del patriotismo español en la actualidad, destacando a grandes rasgos los elementos esenciales de cada uno y con omisión de los grupos que los representan.
1º) El tradicionalista o carlista. Fiel a su lema secular de Dios, Patria, Fueros y Rey, el patriotismo de cepa carlista haya su fundamento en un componente religioso explícito, tendente a la identificación de España con su tradición católica. Concede importancia al localismo regional, valorando los fueros o leyes propias. Reconoce el organicismo de la sociedad, en el que los cuerpos intermedios entre  esta y el Estado sirvan de cauce de participación política, y apuesta por una forma de Monarquía tradicional. Por supuesto, concibe a España como proyecto y defiende su unidad nacional.
2º) El liberal o constitucionalista. Igualmente consecuente con su historia, el patriotismo liberal asume que todas las colectividades históricas tienen su origen en un pacto tácito, que está expresado actualmente en la Constitución vigente; un sector la llega a considerar como fundamento esencial y casi único, en línea con el patriotismo constitucional de Habermas, como tiempo nuevo que deja en un segundo término la historia anterior; otro sector entiende la Constitución como referencia esencial y moderna del proyecto, pero sin negar el pasado. Para el patriotismo liberal, lo esencial es la igualdad jurídica de los españoles y las libertades, derechos y deberes contenidos en la Carta Magna. Curiosamente, el actual liberalismo español no ha heredado el organicismo krausista del XIX, por lo que es defensor del sufragio inorgánico de forma absoluta. También el patriotismo liberal considera España como proyecto unitario y se opone a los secesionismos, especialmente porque rompen la igualdad jurídica y suponen un freno a las libertades. 
3º) El joseantoniano o falangista. La idea de pacto es sustituida por la de fundación histórica, por lo que entiende que ninguna generación tiene la potestad de enajenar la nación a su voluntad. Coincide con el tradicionalismo en la valoración de lo religioso, pero, en este caso, va implícita en cuanto al hombre-ciudadano y la esencia nacional y no explícita en forma de confesionalidad del Estado nacional. La propuesta organicista joseantoniana –matizada en enfoques actualizados-, valora esos cuerpos intermedios o unidades naturales de convivencia, alejándole de los planteamientos individualistas. Un aspecto esencial es la pretensión de transformación radical de estructuras socioeconómicas en búsqueda de una justicia social más profunda y completa. La idea de España como proyecto o misión es consubstancial al falangismo y, por supuesto, la defensa de la unidad nacional.
Estos tres tipos o enfoques del patriotismo tienen sus fundamentos ideológicos claros que fueron definidos y sostenidos por sus pensadores: Vázquez de Mella, Donoso Cortés o Ramiro de Maeztu, en el tradicionalista; Azcárate, Giner de los Ríos o Cánovas, en el liberal; José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma u Onésimo Redondo, en el falangista.
No he de silenciar que echo a faltar en nuestros días un patriotismo socialista, que, si bien tiene sus defensores en la historia (Araquistain, Fernando de los Ríos, Besteiro, Prieto…), aparece muy oscurecido en la actualidad, salvo manifestaciones personales muy dignas y esporádicas.
El patriotismo liberal y el tradicionalista mantuvieron su desencuentro vital en la historia española; sin embargo, uno y otro hicieron gala de su condición patriótica en todo momento; sus proyectos –enfrentados- se refirieron siempre a una España unida. En cuanto al patriotismo falangista –el más joven de los tres- quedó prácticamente inédito en los escritos de sus fundadores, pues su desarrollo práctico siempre quedó limitado y mediatizado dentro del equilibrio de familias del Régimen anterior y en no pocas ocasiones desvirtuado en sus planteamientos originales.
Si intentamos buscar denominadores comunes entre estos tres enfoques del patriotismo, más allá de las grandes diferencias ideológicas, obtendremos dos clarísimos: en lo ideológico, la afirmación de la unidad nacional de España justificada por un proyecto o tarea común (cada uno según su visión ideológica, se entiende) y, en el devenir real, el plantearse sobre el supuesto unitario, capaz de permanecer por encima de los enfrentamientos políticos o bélicos incluso.
Actualmente, en Cataluña y en otras regiones, las diferencias ideológicas no es que se hayan desdibujado, pero sí han pasado a un segundo plano, ya que la circunstancia real ya no es  la unitaria sino que aparece con riesgo de fractura nacional. Casi se podría decir que las acciones de grupos y entidades de signo patriótico español en las tierras donde florece la planta del separatismo forman, de facto, un frente común, dado la participación indistinta de partidarios de cualquier ideología en ellas: no importa tanto, de forma inmediata, la interpretación propia del proyecto nacional como el atractivo de defender el sustrato unitario que lo haga posible. Por otra parte, como se ha dicho y salvo las honrosas excepciones mencionadas, el patriotismo español socialista ni está ni se le espera…
El adversario político separatista ha dado la pauta: primero se es nacionalista identitario y, luego, militante, votante o simpatizante de CiU, de ERC, de la CUP o de IC. El bloque secesionista ha orillado lo ideológico (el modelo de sociedad deseado) para integrarse en una especie de partido único. Gran parte de sus éxitos –junto a la complicidad de las instancias del Estado- ha sido carecer de oposición, ya que cada enfoque del patriotismo español ha primado aspectos propios: el liberal, por creer que con la Constitución y las leyes bastaba; el tradicionalista, por permanecer en sus cuarteles de invierno; el falangista, por sus disensiones internas y su apego a formas de nostalgia.  
Y, planeando sobre todas las formas de patriotismo, uno de los mayores vicios nacionales: la pereza, que aquí puede adoptar diversos nombres: indiferencia  (común a la mayoría de españoles sin definición ideológica), cansancio, abulia, escepticismo, frivolidad, dejadez, comodidad…
No está ni en mi intención ni en mis manos la propuesta de creación de un frente común patriótico en Cataluña, ni creo que esté en la mente de ninguno de los grupos, movimientos o entidades, Solo vengo a proponer, y siempre con carácter personal, la participación común en cualquier iniciativa a favor de la unidad de España, un paso al frente de cualquier ciudadano que se sienta y se piense en lo español, independiente de su ideología. Claro que tampoco es original la propuesta, pues, como se ha dicho, se viene llevando a cabo de forma práctica, casi sin instrucciones ni consignas, conforme la gravedad del problema se acentúa.
Creo que nadie puede permanecer inactivo, dejando su españolidad para cómodas tertulias o afirmaciones gruesas en momentos de exaltación…
Si en algún momento se establece algún modo de pacificación de conciencias –quizás una forma actualizada de la conllevancia orteguiana, lo que quiere decir que el problema persistirá  pero su virulencia estará atenuada-, sí que sería conveniente un diálogo desapasionado, racional, verdaderamente patriótico, buscando – a estas alturas del siglo XXI y no con las mentalidades de otros tiempos- puntos de contacto entre los diferentes enfoques aquí mencionados.
Quizás entonces sí acertemos todos en un proyecto común que resulte atractivo para todos los españoles y contribuya a solucionar el problema de España.
                                                                        MANUEL PARRA CELAYA
Barcelona, 9 de noviembre de 2014
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lunes, 10 de noviembre de 2014

¿MONARQUÍA O REPÚBLICA?

Por José María García de Tuñon para elmunicipio.es
En la página 1502 del II tomo de las Obras Completas que editó Plataforma 2003, se puede leer una carta que José Antonio Primo de Rivera envió, con fecha 15 de junio de 1935, al falangista asturiano y jefe local de Gijón, Enrique Cangas. Este, el 7 de mayo de 1936, junto con otros falangistas y con motivo del entierro del guardia civil Manuel Vela, asesinado en Gijón, a cuyo entierro también habían asistido el alcalde de la ciudad, Jaime Valdés, y otras autoridades provinciales, comenzaron a gritar: «¡Fuera!» «¡Fuera!». El ambiente se iba calentando hasta que las autoridades se vieron obligadas a suspender la ceremonia y ordenar el traslado inmediato del cadáver al cementerio. Fue entonces cuando los falangistas increparon de nuevo a las autoridades, voceando: «¡Viva Falange Española!», «¡Muera la República!». Momento en que los policías detenían a varios falangistas, aunque Enrique Cangas consiguió escapar, si bien sería detenido en Madrid al mes siguiente y trasladado a la cárcel de Oviedo. El 20 de julio al quedar la capital en poder de los nacionales, fue puesto en libertad, y Cangas que ya contaba con 49 años de edad, se incorpora en la defensa de Oviedo, pero cayó herido de gravedad el 31 de julio, falleciendo tres días después…
Sin embargo, no es mi propisito escribir la biografía de este falangista, sino que me ha llamado la atención que después de muchos años de aquel grito: «¡Muera la República!», según refleja el sumario número 129 de 1936 firmado por el secretario del Juzgado de Instrucción de Oviedo, parece que ahora otros quieren gritar «¡Viva la República!» sin que nos digan qué tipo de República quieren. Si se refieren a la última que padecieron muchos españoles, entre ellos todos los falangistas, ya sabemos su final. «Como creemos en la democracia, somos republicanos», ha dicho el Secretario General de Falange Auténtica, Antonio Pérez Bencomo. De la misma opinión es el escritor y poeta Eduardo López Pascual, cuando subraya: «Los falangistas, y me incluyo como miembro de Falange Auténtica (FA), no podemos permanecer alejados y en silencio de expresar pública y sonoramente el ADN republicano de nuestra ideología». También escribió: «Falange Auténtica (FA) tiene que exponer a todos los españoles que queremos una consulta nacional, un referéndum, para contestar si aprobamos la continuidad, por abdicación, de una forma de Estado monárquico o republicano. Naturalmente, yo, como ciudadano y como falangista, me declaro de la República. Yo, que crecía cantando aquellos versos juveniles de Viva, viva la revolución/ viva viva Falange de las JONS/ Muera muera el capital, viva viva el Estado Sindical… que no queremos reyes idiotas, que no sepan gobernar… ¡abajo el Rey! Ahora, más moderado solo por la edad, no por mi pasión, sigo pregonando UN NO A LA MONARQUIA».
Por otra parte, cuando elmunicipio.es le pregunta al profesor, doctor en Filosofía, Manuel Parra Celaya: « ¿Monarquía o República?». Él que dice sentir poca simpatía por la monarquía, declara: «Ya he comentado que la forma que adopte el Estado es para mí algo secundario, no me quita el sueño, y algo parecido respondió José Antonio a un periodista que le preguntaba si la falange prefería monarquía o república: “¡Qué cosas más raras me pregunta usted! ¡Acaso ni lo uno ni lo otro…!”». Y añade más adelante: «El partido FE de las JONS se declara abiertamente republicano, pero sin especificar demasiado; ¿qué ocurriría con un presidente afín a un partido o secta de los que corren por ahí? ¿Alguien se imagina un Rodríguez Zapatero como Jefe del Estado español? Claro que igual se puede decir de la monarquía…».
Ha habido más opiniones, pero permítaseme terminar con lo que opiné cuando elmunicipio.es me hizo la misma pregunta. Comencé manifestando que no tenía muy claro que José Antonio descartara para siempre un régimen monárquico en España. Por eso me referí a lo que habló en el cine Madrid en mayo de 1935 refiriéndose al 14 de abril de 1931: «Nosotros, que estamos tan lejos de los rompedores de escudos en las fachadas como los que sienten solamente la nostalgia de los rigores palaciegos, tenemos que valorar exactamente, de cara -lo repito- a la Historia, el sentido del 14 de abril en relación con nuestro movimiento». Es decir, como declaró a un periodista portugués, el problema no es de régimen, sino de hombres aptos a la altura de las responsabilidades del momento político. No está, pues, diáfana, insisto, la postura de José Antonio. Ni en los 27 puntos, ni en escrito alguno, nos aclara nada al respecto.
Con estas palabras dejo abierta una puerta a elmunicpio.es  para que dé paso a un debate sobre este tema tan interesante en el que, por lo que estamos viendo, no coincidimos los falangistas de manera clara. Lo único que está claro es que la monarquía es y está aquí. . .
                                                                                  JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA
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domingo, 12 de octubre de 2014

UNA MISIÓN DE DESTINO: LA HISPANIDAD

Por Pedro Conde Soladana para elmunicipio.es
De aquella frase, “una unidad de destino en lo universal”, se deriva, sin retorcimiento ni rebuscados pensamientos intelectuales, la de una misión de destino, como consecuencia del empeño de una nación que se forjó durante siglos surcando mares, uniendo tierras y  mezclando razas, urgida por la fe en una misión global.
El alumbramiento es el acto sublime de la maternidad; hecho preliminar que garantiza, nada más y nada menos, que la existencia de la Humanidad.
No es hiperbólico afirmar en paralelo que el parto en la Historia de una nación que hace quinientos años alumbró un nuevo mundo mezclando su sangre con otras raza es otro acto de maternidad que garantiza también el progreso y continuidad de una parte de la historia universal.
El resultado de ese natalicio, un parto múltiple, fueron una veintena de naciones y otros puntos geográficos esparcidos por todo el planeta cuyos nombres evocan hasta en las antípodas el origen hispano de su ascendencia.
Qué duda cabe que la evolución y avance del género humano desde sus orígenes conlleva el encuentro de gentes y razas extendidas por la faz de la Tierra. Es en ese encuentro y en su amalgama donde España se adelanta en la era moderna al resto de las naciones europeas emergentes, Francia, Inglaterra, etc., para dar vida a un mestizaje al que un hispano de aquellas tierras fraternales,  el mejicano José Vasconcelos Calderón, bautizó como el de la “raza cósmica”.
Esta es la Hispanidad como destino de una nación, España, y este es su misión de futuro que nunca debió ni debe olvidar como justificación de su existencia: la unión y hermandad de esa serie de naciones que como hijas llegadas a la madurez se independizaron en su día para formar nuevas entidades nacionales, pero unidas por una cultura, un bagaje espiritual y un pasada historia común.
Esta frase, este pensamiento, “una unidad de destino en lo universal”, con el que José Antonio Primo de Rivera acreditaba y razonaba la existencia de una nación, ha servido de chanza más de una vez. Y lo malo no es que las ironías sobre ella hayan venido de parte de los definidos por el poeta como aquellos “que desprecian lo que ignoran” sino de presuntos intelectuales que no se han tomado la molestia de profundizar en su significado y contenido poniéndolos en relación con nuestra Historia y la propia gestación del ser de España como nación. Para qué decir que el desprecio de estos últimos, sino la saña, ha sido contra quien tuvo la clarividencia de concebirlo y formularlo como base y justificación en el tiempo de ese ser y existencia de nuestra nación.   
Nuevamente es el momento de rescatar tal pensamiento, darle vigor y volver a profundizar en su extenso e incontrovertible significado. Fue hace ochenta y tantos años, en uno de los períodos más convulsos de nuestra Historia, tanto que acabó en una guerra civil, cuando José Antonio lo lanzó y defendió en foros y tribunas. Los separatismos, entonces como hoy, pretendían negar la existencia centenaria de esta nación sustituyéndola por románticos trampantojos nacionalistas. Hoy como entonces, lunáticos de mitologías, orates racistas, mercachifles metidos a políticos y secuaces analfabetos niegan la existencia de una nación cuya identidad es imborrable en las páginas de la Historia Universal, para inventarse en su lugar nacioncitas que marchan contra esa universalidad de los tiempos y que para pretender ser tienen que desgarrarse de aquélla rompiéndola en pedazos. Toda una contradicción, una inaceptable e insufrible paradoja, negando el todo que es y fue por una parte de ese todo que quiere ser y nunca fue.
España como nación tiene una misión de destino que no tendría a su vez más valor que la afirmación de un absurdo si las ricas y varias partes que la integran no estuvieran unidas por un pasado que nadie puede borrar; como no se puede borrar la existencia de una cordillera, unos valles, unos océanos, unas tierras con vida histórica milenaria por mucho que rasguen o destrocen el mapa que representa esa su antigua e indeleble existencia.
La Hispanidad es una realidad innegable. Millones de seres humanos que viven allende los mares, al lado de esas cordilleras, en aquellos valles, cabe a los ríos y ciudades fundadas por aquellos intrépidos descubridores, originarios de todas lugares de la vieja Hispania, son el más innegable documento, la crónica más gloriosa de la que todos los españoles actuales, incluyendo los portugueses, debemos estar orgullosos.
Por ello tenemos que ir nuevamente en busca del abrazo de nuestros hermanos de las otras orillas de los mares y océanos que surcaron nuestros antepasados. Llevan nuestra sangre, portan orgullosos nuestros apellidos, hablan nuestro idioma, el más feliz entre los idiomas, según acabo de leer, tienen una misma fe… ¿Por qué vamos a renunciar a un sentimiento legítimo de comunidad universal, al menos de una parte importantísima de ella, que hoy se materializa en una comunidad de naciones por las que corre el fluido espiritual de la Hispanidad? Lo contrario sería como tirar una vieja y gigantesca herencia por la borda.
Si todos los hombres y tierras de la España actual supieran y sintieran lo que es la Hispanidad, como su específica misión de destino, sus dolencias separatistas no existirían. Pero eso habría que haberlo enseñado desde la escuela. De todas formas, nunca es tarde para volver a empezar.
Un fuerte abrazo, hermanos del otro lado del mar. La Hispanidad es nuestra madre, que nos señala una misión conjunta para el futuro. Unidos, colaboraremos a una mejor convivencia en este dolorido planeta.
            Pedro Conde Soladana
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jueves, 24 de abril de 2014

José Antonio Primo de Rivera. Cumpliría hoy 111 años


Unos pocos, muy pocos, le recordamos. Muchos menos  mantenemos vivo su pensamiento y su memoria histórica. Ningún pensador socio-político fundamentó su ideología sobre cimientos más sólidos que él. Ningún español captó la esencia de España con tanto sentimiento y raciocinio como él. Ningún hombre antes que él elevó a lo más alto la relación de la Justicia Social con la Patria. Ningún político antes que él puso la libertad, la dignidad y la integridad del Hombre, de todos los Hombres, en el centro de la acción política, anteponiéndola al Estado, al Capital, al Dinero, a la Corona y a la Nación; que solo en el servicio a ese hombre encuentran su razón de ser. Ningún sindicalista antes que él dio al Trabajo la máxima dignidad, dándole el título de propiedad sobre los medios de producción y receptor de las plusvalías generadas, eliminando los salarios y superando la sumisión del trabajo al Capital privado o estatal. Unos españoles le fusilaron injustamente. Otros españoles le alzaron con honores enterrando su pensamiento y traicionando su legado.

La gran mayoría de los suyos no le conocemos. Todavía no hemos sido capaces de imitar su ejemplo. Él fundamentó su pensamiento en la “ley de amor”, en el servicio, en el destino de la trascendencia hacia lo espiritual sobre la base del Pan, la Patria y la Justicia. Murió perdonando y deseando la paz y la felicidad para los españoles y la humanidad.

José Antonio, que tu Falange y los falangistas fieles a la esencia de tu pensamiento, filosofía política y ética personal, sepamos regalarte lo mejor de nosotros para que el bien que sembrastes de frutos abundantes para nuestra Patria España y el Mundo.

Editorial de elmunicipio.es
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martes, 11 de marzo de 2014

LA PRENSA SE RETRATA


La prensa se retrata y lo hace al lado del poder, como el votante que, además de entregar su voto al líder venerado, busca su autógrafo y su foto con él; pero con algún matiz, con alguna diferencia. El periódico, o mejor, el grupo editorial de éste le busca además la cartera; y se la encuentra. ¡Cómo que se la encuentra! y ¡de qué modo! Nada más tiene que lanzar el botafumeiro al aire y ahorrarle toda crítica al tal líder y su partido; aunque estén llevando a cabo la política más desastrosa o le haya dado la vuelta como un calcetín maloliente a su programa electoral y les llegue la corrupción a la mayor altura del labio inferior a punto de entrar en la boca y ser asfixiado por un torrente de bosta.

Este es el panorama nacional de la prensa española donde los periodistas que quedan en la redacciones –han sido despedidos unos seis mil en estos años- chapotean en el cenagal de la cobarde censura de sus propios directores y la pringosa trama de intereses creados entre empresarios periodísticos y políticos mediocres, insolventes y de profesión sus haberes dinerarios. La insensatez de todos ellos, la ceguera que impone la venda de sus pactos a los ojos ciudadanos no es suficiente para tapar los nefandos hechos y la realidad calamitosa, moral y económica, en que vive esta nación.

Podrá arreglarse la economía, ya veremos, pero lo que tiene muy mal arreglo son los desgarros del ser de España que la villanía de una casta política ha consentido a otra casta local, de la misma calaña, taifeña y como tal, minoritaria, a costa del cuerpo del primer Estado nacional que ha vertebrado a esa nación en la modernidad histórica durante quinientos años.

El espectáculo es tan ruin que si no fuera tan trágico haría de sus actores los más conspicuos representantes del carnaval y la truhanería. Esto va más allá de la chirigota, tan de actualidad. Por desgracia el público de tal espectáculo, la comunidad nacional, vive esa tragedia con una angustia silenciosa y contenida; a tal extremo que parece sedada, que no es consciente o no quiere serlo por el miedo que le produce su propia cobardía.

A todo esto, la prensa, el tan cacareado cuarto poder de los tiempos modernos, no pasa de ser un tigre de papel que lleva en uno de los lomos el siguiente lema: “Vendido al mejor postor”, y el otro, “Estamos en subasta, para el que más ponga”.

A esto abocan las crisis y su engendrador, el capitalismo. La libertad, ese “leiv motiv” del sistema democrático, acaba así en un señuelo para tontos votantes de votos cautivos. ¡Ah!, la libertad. Desde luego, el capitalismo, mucho más inteligente que el comunismo, que la guillotina al primer grito de aquélla, tiene muy claros y medidos sus límites, el “hasta aquí hemos llegado”. Cuando el pueblo, sedicente propietario de la soberanía nacional, comienza a descubrir en torno a la urnas el montaje escénico de tipos llegados al liderazgo por pactos y dedazos, no por su valer intrínseco; por partidos políticos, nutridos por una masa de mentecatos, por financieros, sagaces pescadores en el inmenso río revuelto de la política, y por la demás ralea pseudodemocrática, la tramoya pierde fuerza y eficacia; entonces a ese pretendido cuarto poder de papel que se ha atrevido a abrirle camino a la libertad a través de la palabra, hay que yugularlo. “Pues sólo faltaba. Fuera éste, a la calle aquél. A ver, qué vengan esos domesticados, que están a la espera de cumplir sus ralas ambiciones. He aquí el dictado con el que hay que escribir y se ha de seguir. Ponte a ello y calla, segundón, y de lo que antes escribiste por tu cuenta, ahora ya ni te acuerdes porque lo mando yo”.

La prensa, en general, es hoy, no sé si ha dejado de serlo alguna vez, el trono en que se asienta la mentira, muchas veces la calumnia, y siempre la permanente vía abierta al ostracismo de la verdad. Decir lo que se siente y sentir lo que se dice son muy pocos los que están dispuestos a mantenerlo como un principio de vida. No sentir lo que se dice y decir lo que no se siente tiene menos riesgos que mantener la verdad contra viento y marea. Así que cada cual elija entre el honor y la villanía.

El tinglado de la gran farsa ha de continuar; sin testigos incómodos. Algunas experiencias propias avalan lo que digo.

¡Silencio!, la imprenta, molturadora de pensamientos y máquina de amasar, está masando cerebros para hacer un pan como unas…

Dudo que, con ese estado latente de rabia y tensión, España no acabe a ellas, según el vulgar dicho de las gentes.

Por Pedro Conde Soladana en elmunicipio.es
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