martes, 4 de octubre de 2011

Pensando, haciendo el duelo de la muerte del padre.


Por Jorge Juan Perales.

El veinte de septiembre de mil novecientos treinta y ocho, en el Frente de Teruel, caía herido por “bala enemiga”- según consta en su hoja de servicio-, mi padre, soldado de España, contando entonces veinte años de edad. Le fue amputada su pierna derecha, nunca culpó a nadie de este hecho, nunca salió de su boca ninguna palabra de odio, nunca alentó ninguna acción de venganza, siempre estuvo en pos de la reconciliación y el perdón entre los españoles, su dolor siempre fue por España y el mal causado por los hombres. El pasado 20 de septiembre, con noventa y tres años, habiendo pasado los diez últimos en una silla de ruedas, ya no pudo volver a sentarse en ella, volvía a caer mortalmente herido y fallecía, en la madrugada del día 21, justo setenta y tres años después de ver como moría su pierna en el hospital de campaña de la ciudad de Pamplona, a la que había sido trasladado en condiciones paupérrimas desde el frente de batalla. El pasado 22 de septiembre le dimos sepultura tal como recomienda la Santa Madre Iglesia Católica a la que libremente pertenecemos.

Después de años de recuperación, ya terminada la guerra, de adaptación a su nueva vida, a las muletas, a las prótesis, se caso con su novia de siempre, de su mismo pueblo, mi madre, falangista joseantoniana –hermana de dos héroes de guerra, de uno de ellos descansan sus restos en el Valle de los Caídos.-. Somos dos hermanos, impregnados de amor al prójimo, a la familia, a España y sobre todo a nuestro Señor, el hijo de María, el Señor del Universo y a su Iglesia. Como he dicho en otras ocasiones aprendí a ser joseantoniano desde la cuna, en el seno familiar. A mis cincuenta y ocho años me he quedado huérfano de padre, ya lo era de madre. Me dejan rico, muy rico, en valores cristianos, en ejemplo de vida, en ideales de libertad y justicia, en esperanza de un mundo mejor y de una trascendencia espiritual hacia el encuentro con el Padre. Me siento en paz, lleno de vida, en el amor de mi mujer y mis hijos. Me siento joseantoniano en la manera de amar a España, en la manera de entender al hombre, en la actitud de servicio en pos de la justicia y de la libertad, en la manera de hacer del dolor poesía que trasciende para mayor gloria del Señor.

Reflexionado estos días me preguntaba ¿no deberíamos reconocer y aceptar que la Falange ha muerto? Qué debemos enterrarla, con su nombre y sus símbolos. Qué no debemos perder más tiempo en luchas improductivas por un cadáver. Qué debemos guardar su sepultura para que no sea robada ni profanada. Qué puestos en pie, sus herederos, honrando su memoria, proclamándonos joseantonianos, levantando la nueva bandera, con la esencia de sus principios doctrinales, ofrezcamos a nuestros compatriotas y al mundo las ideas de justicia y libertad que soñaba José Antonio. Otro nombre, otros símbolos, la misma doctrina, menos pasado, mas presente, construcción de futuro.

Ser falangista hoy, como ayer, es verse atrapado, sin mostrar debilidad alguna, en la frustración agotadora del desprecio, del rechazo ardiente, de la incomprensión hiriente del insulto o la amenaza; implica mostrarse con la fortaleza de quién sabiendo lo que es, teniendo fe en los principios doctrinales en los que cree, tiene que soportar las hostilidades de los que diciendo que son de los tuyos se comportan como ajenos, beligerantes, bien porque queriendo ser joseantonianos son incapaces de la coherencia de vida que exige serlo o porque no han entendido la esencia del mensaje que exige más ser que estar, no saben lo que son ni lo que quieren ser, relativizando su ideología en un sincretismo incomprensible, contradictorio, banal e inconsistente, en donde lo emocional domina a lo racional, mostrado conductas y comportamientos impropios de personas con una ideología que se nutre de los valores emanados del Amor, de la Ley Natural y del Evangelio de Jesús de Nazaret.

Pongamos equilibrio entre lo sentimental y lo razonablemente posible, sin renuncia a ningún principio doctrinal, sin dejar de sentirse interiormente falangistas, llevando la camisa azul en el corazón. Presentarse a elecciones o pretender llegar al pueblo, mostrando un cadáver, es repetir la triste historia de la Reina Juana, cuando deambulaba por los campos de Castilla con el ataúd de su esposo. Enterrando la simiente, en una buena tierra, limpia de malas hierbas, cuidada, trabajando en ella sintiéndose propietario junto a los buenos camaradas, bien regada, con buena luz, cara al Sol, podremos recoger una excelente cosecha para saciar el hambre de Verdad, Libertad y Justicia de nuestros compatriotas y de toda la humanidad. De esta manera España se volvería a encontrar unida de nuevo, en la misión Universal que tanto necesita para justificar su ser como Patria de hombres, pueblos y naciones, que pretenden elevarse hacia la supremacía de lo espiritual. Seamos buenos herederos del fundador- padre ideológico-, haciendo que su muerte y su legado den buenos frutos para el bien de los hombres, de España y de todas las Patrias del Mundo.



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